Hay un momento en el que el diseño deja de ser solo forma y se convierte en postura. Ocurre cuando un objeto no solo embellece un espacio, sino que revela su historia completa: el bosque del que proviene su madera, las manos que la tallaron, el taller que funciona con energía solar. El lujo contemporáneo ya no se mide en exclusividad, sino en transparencia. Y esa transparencia es, hoy, el verdadero privilegio.
La sostenibilidad ha dejado de ser una etiqueta marketing para convertirse en el ADN del diseño inteligente. No se trata de renunciar a la belleza, sino de entender que la belleza sin ética es, simplemente, decoración vacía. Los materiales locales (piedras regionales, henequén, ixtle, arcillas del territorio) no solo reducen la huella de carbono: anclan cada proyecto a su geografía, creando una narrativa que lo industrial nunca podrá replicar. Es diseño con memoria, con raíces.
Las certificaciones como FSC o Cradle to Cradle funcionan como el nuevo lenguaje de confianza. Pero en México, lo más interesante sucede en las periferias de esas normas globales: talleres que operan con energía limpia sin alardes, cooperativas textiles que recuperan tintes prehispánicos, artesanos que practican la trazabilidad sin llamarla así porque siempre ha sido su manera de trabajar. La artesanía mexicana no decora el lujo sostenible. Lo define.
Y cuando estas prácticas se encuentran con el diseño contemporáneo, emergen piezas como la colección JYM de URREA: objetos que equilibran precisión industrial y sensibilidad material, que no gritan su valor sino que lo encarnan en cada detalle optimizado. Son piezas diseñadas para durar décadas, no temporadas. Para transmitirse, no desecharse.
Porque al final, el verdadero lujo siempre ha sido el tiempo: el tiempo que toma dominar un oficio, el tiempo que requiere un material noble para madurar, el tiempo que un objeto bien hecho te devuelve al no tener que reemplazarlo. En una cultura adicta a la velocidad y al reemplazo constante, crear espacios donde belleza, diseño y responsabilidad coexistan sin negociaciones se vuelve un acto casi radical.
En un mundo donde la globalización lo homogeniza casi todo, ¿no se convierte en el verdadero lujo crear espacios que sostengan belleza, diseño y responsabilidad sin renunciar a ninguno?