En algún momento del siglo XVI, en una casa de té de Kioto, Sen no Rikyū convirtió la asimetría en arte. Mientras la aristocracia japonesa acumulaba porcelanas chinas de acabados impecables, este maestro del té comenzó a utilizar vasijas toscas, de formas irregulares, con esmaltes que goteaban de manera impredecible. No era provocación: era una forma distinta de mirar el mundo. Ahí nace el wabi sabi, en el cruce entre la ceremonia del té y el budismo zen. Wabi aludía originalmente a la vida austera y solitaria en la naturaleza; con el tiempo pasó a significar la belleza serena que surge de la simplicidad. Sabi remite al paso del tiempo, a la pátina que adquieren los objetos cuando envejecen con dignidad. Juntos conforman una estética que celebra lo transitorio, lo modesto y lo imperfecto como expresiones genuinas de la existencia.

Más que una filosofía abstracta, el wabi sabi es una postura frente a la realidad: aceptar que nada es permanente, que nada está terminado y que nada es perfecto. Y, en esa aceptación, encontrar una belleza más honesta. En el habitar, esta mirada se traduce en espacios que no buscan impresionar. El wabi sabi orienta el diseño hacia la experiencia, no hacia la imagen. Frente a la obsesión contemporánea por el acabado impecable y la novedad constante, propone materiales que se transforman, superficies que cuentan historias y objetos que envejecen junto a quienes los usan. El tiempo deja de ocultarse y se convierte en parte del diseño.

La materialidad es clave: maderas que muestran su veta, piedra con irregularidades, concreto sin disfraces, arcilla imperfecta. Superficies con grietas, variaciones de tono y marcas del proceso, donde la imperfección no se corrige, se valora. La paleta cromática acompaña con tonos naturales como blancos quebrados, arenas y grises tibios; que generan continuidad y calma.

El vacío se entiende como un elemento con valor propio, como el silencio entre notas musicales. La luz natural adquiere protagonismo y transforma el espacio a lo largo del día, revelando texturas y matices. Los objetos se eligen con cuidado: no para exhibir, sino para cumplir una función, aportar sentido o conservar una carga emocional. La imperfección no se fuerza, pero tampoco se evita. Asimetrías sutiles, piezas únicas, bordes que no buscan la exactitud milimétrica. Espacios que aceptan lo humano y lo imprevisible como parte de su carácter.

El wabi sabi recuerda que los mejores espacios no son los que permanecen intactos, sino aquellos que se transforman con quienes los habitan. Que la belleza no siempre está en lo nuevo y perfecto, sino en lo auténtico, en lo que cambia y en lo vivido.